Quitarse la mano de la boca. Puedes suplicar de mil formas.

Costumbre e inseguridad desembocan en el mismo mar.

Momentos como éste son cruciales. Nadie me exige nada excepto yo.

Cegada. Y no dejo expresar mis propios deseos, inquietudes, elecciones…

Sólo un poco…

sólo un poco de algo tan simple y complicado a la vez, me deja apartar los pensamientos y desconecta mi cerebro de tanta palabrería.

Atónita ante tanta belleza, armonía, esplendor… y siento que  he nacido para esto, para admirar esa grandeza y tocarla cada vez que mi piel se eriza.

No puedo seguir engañándome a mí misma. Eso pienso.

Interés abundante, en diferentes momentos. Pero lo que fluye… eso es real, eso no es obligación, eso es arte, es vocación, es un pedazo de ti que se desintegra, sólo para vivir ese momento…y luego vuelve.

Podría vivir inmersa en esos intervalos y no salir nunca.

Con los ojos cerrados. Repetir una y otra vez. Por que el esplendor se hace sentir y nunca es verdadero esplendor si llega a ser cansino.

Desaparece todo lo demás y centro todos mi ser en una única sensación que explota y se dispersa en miles de estrellas. Estrellas con diferente brillo y tonalidad. Luego se deshacen y vuelven a ser polvo que viaja con el devenir del viento.

Nada más me importa. Me convierto en sierva, hipnotizada por la belleza y perfección subjetiva.

Cadencia, inquietud, como un mar de agua helada y queda suspendido en el aire…

Pero siempre complace al final, es una obra de arte, magnífico.

Y vuelve a empezar con la misma historia que embellece el alma de cualquier ser de este universo, por pequeño que sea.

Al menos en este momento, tengo una buena razón.

Quisiera acabar un ciclo así.

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