De conejos gigantes y escaleras. Con Nicolas Cage en la cama.

Despierta!

Fugazmente una imagen de Frank, el conejo gigante de Donnie Darko, pasa por mis ojos. Una mirada cegada.

– ¿Están aún cerrados?

– Sí…

– Entonces, no los abras.

Minutos en la cama. Sé que si despierto solo parcialmente, mis sueños permanecen, luego los escribo y entonces quedan plasmados por siempre. Análisis.

– ¡Mierda!

Entonces me pregunto por qué diantres habré soñado con Nicolas Cage…

Resultó ser un NC perseguido por un NC padre. Bajaban escaleras. Era un edificio de ocho alturas que formaba parte de un puente levadizo, el cual mi subconsciente no pudo asociar con las leyes de Newton. Eso, o que las oficinas del mismo constaban de “forniture” pegado con “super glue” al suelo.

Parecía más bien una pantalla de “Super Mario Bross“, donde el pobre fontanerito (gracias, Dr. Cooper) bajaba huyendo de su malvado padre, unas escaleras eternas.

Connotaciones: En cada “descansillo” había una botella de alcohol. A veces Whisky, otras Ron o Ginebra. De forma y manera que debía conseguir el mayor número posible, no de monedas, sino de botellas.

Cuando las escaleras finalizaron* (no serían tan eternas), el joven Cage encontró un ejército de niños frente a un coche. Uno de ellos se giró y le observó directamente, con cara de niño de película de terror. Sí, en plan Demian.

Nicolas deseó ser un niño en ese momento, para poder desaparecer entre la multitud militar. Pero no lo era. No lo es.

Nuestro Cage Junior, ya no es tan junior. Sigue teniendo el pelo oscuro, con un corte medio y cara de preocupación continua (Sí, como el verdadero)

Curiosamente (venga va! para Freud sería de cajón) tiene una hija, sin saber si es él la hija o el padre.

O más bien, ahora es la pequeña Nicolas la que no sabe si es padre.

Tengo Hambre. Desayunar debe ser una de mis siete maravillas.

* El edificio tenía, en realidad onírica, una construcción a la inversa. Es decir, los pisos no subían, sino que bajaban. De manera que el segundo piso estaba debajo del primer piso y así, sucesivamente. Entonces era una finca colgante realmente, colgante de un puente. Un puente levadizo. Yo viví allí una vez.

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2.087 Km

El acabose.

Nos acostumbramos lentamente a cambiar de lugar, mientras otros deciden seguir con el mismo. Todo vale, todos somos uno.

Pero cuán raruno se puede llegar a sentir uno/a, al descubrir que los estados de ánimo, muchas veces, se encuentran ocultos bajo una máscara. (de yeso, normalmente; con un poco de suerte, de una sustancia más maleable)

Lo lamentable es no saber que esa máscara existe.

Despertarse pues así, a 2087 km de lo que durante más de dos décadas fue tu hogar, podría resultar un gran reto para grandes observadores de la conducta humana, pero más aún para un ser que fuere lo suficientemente astuto como para autopsicoanalizarse.

Mejor no lo hagas y sal a la “luz” del día. Interacciona con gente, observa y mira de puertas para afuera.

Un día es así y al siguiente es asá. (Un día aceptas este gran dicho y al siguiente te cagas en él).

En un rincón olvidado de un lóbulo cerebral, encuentras a unas pequeñas neuronas que gritan como neuróticas la palabra “apego”. Y entonces puede que le empieces a encontrar un sentido y razonamiento lógico a todo.

Sintiéndolo mucho, no me basta. Continuaremos…

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