Habitaciones impenetrables

Decidió salir de noche.

El desnudo cielo le contemplaba tomase el camino que tomase. Pasar desapercibido en el pueblo resultaba imposible. ¡Cielos! cuánta mierda se respiraba en el ambiente…

Caminaba con pasos grandes y precisos. Las líneas que dibujaban los adoquines eran molestas ¿Quién demonios decidiría hacer esa calzada? Las irregularidades de la vida… Sintió rabia, una rabia externa hacia el hombre que ideó el absurdo suelo que existía bajo sus ojos. Muy a su pesar, sabía que el odio era hacia sí mismo. Siempre fue así.

Mientras caminaba, recordó estar en la cama con él. Aquél cuerpo caliente y curvilíneo, digno de plasmar por siempre y habitado por un alma interesada en el todo, pero siempre en calma.

Esa noche no sabía si dormía o lo fingía. Quiso abrazarle entonces, pero un latigazo en el costado se lo impidió y los recuerdos de una conciencia enferma empezaron a aflorar.

Recordó sentir su respiración y no saber si era real. La habitación estaba oscura. Quería escuchar, como cuando era un crío y necesitaba controlar todo lo que estaba fuera de su alcance. Controlaba, dejando de lado sus deseos personales y diciéndose a si mismo que dormir era de débiles. Una imagen de un dedo moribundo pasó por su mente. Aquél día se lo había destrozado entre dos puertas huyendo de un patrón… Le dolía la boca y el riñón derecho, pero estaba tan inmiscuido en su ego y tan lejos de sí mismo, que no podía achacar su causa a las drogas. Infernal. Daba vueltas y vueltas en la cama sin saber qué era, quién era. Gemidos a lo lejos, gemidos por todas partes e imágenes de orgías bajo el sol y la luna. Se dio cuenta de que no estaba respirando. La boca de su estómago emitía gritos apagados de auxilio. Tomó aire…

Cuando tenía 6 años, se ocultaba en la parte más alta de la casa, para saber el porqué de tanta discusión. Luego, hacía pequeñas reproducciones en la escuela. Sí. Aquella noche se puso en alerta como cuando era un crío, solo que esta vez no había padres, no habían palabras que recordar. Buscaba algo sin saber qué y su cuerpo no cesaba de quejarse.

Siguió caminando. Sus pasos se habían vuelto torpes. Se preguntó por qué habrían tantas luces instaladas en calles tan pequeñas. También por qué diantres serían amarillas, el color amarillo es una farsa, todo el mundo lo sabía. Odió entonces las luces y odió ser tan sumiso.

Volvieron recuerdos de la noche con el ser durmiente. En otras ocasiones supo poner remedio a su malestar. La meditación a veces le ayudaba a respirar y llegar a la calma. Otras veces todo terminaba en tragedia y es que, en aquel instante, no estaba de humor para cometer más asesinatos. Así pues probó suerte y se adentró en un sueño en vigilia con un mar cercano y azul, un palacio dorado donde habitaban reyes, hijos y sirvientes. La habitación real estuvo siempre separada y oculta bajo llave. Entonces el mar desapareció y le acechó la imagen de un rey sin su ropaje, un rey en calzones blancos y calcetines altos, totalmente erguido y mirada perdida. Esos ojos siempre ocultos bajo la lejanía, una expresión vacía. Miedo a la caída de un tótem repudiado. Un reloj sobre la mesita de noche le hizo recordar que no debería estar allí. Sensación de vacío, mucha sed y angustia. Se sintió acosado, tocado por su ego. Deseaba gritar, pero la sumisión era su punto.

Cuando despertó, se halló tumbado sobre las odiosas líneas de adoquines, bajo las luces amarillas. Su vómito también era amarillo. Entonces vio que ese era su mundo, irregular y amarillo.

Y quiso compartirse a sí mismo con alguien más que el viento.

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