Primero escuchar adentro. Luego, decidir quién se quiere ser.

Cerró la puerta, por miedo a que pudiesen entrar sin preguntar. Recordó la frase que anoche, con dos cervezas de más, no cesaba de pronunciarse en su cabeza.

El respeto en nuestra sociedad, es una farsa

Aceleró entonces y se acordó del tiempo…

Ese tiempo que en su infancia y adolescencia siempre había faltado. Nunca había tiempo, cuando en realidad, siempre lo hubo. Realmente sería genial que no hubiese tiempo. Pero de verdad, que no existiese. Al escuchar esas palabras, sintió bienestar dentro de su tórax. Sus manos dejaron de sudar, su pulso menguó y supo, que su corazón había respondido ante aquél sentimiento. Su corazón había sonreído ante la idea de crear un mundo propio, diferente, como un secreto entre ellos dos. Casi podía verse a sí mismo guiñándole un ojo al órgano que, desde hacía 27 años, bombeaba sangre a todo su cuerpo, sin cesar ni un minuto, día y noche. A partir de hoy, sería vida lo que bombease.

Suspiró. La energía que se había acumulado en su centro, contracturas, músculos que no ceden, entrañas doloridas y rebeldes, todo ello parecía relajarse. Cerró los ojos y empezó a hablar con todos ellos. Todos los fantasmas que le perseguían, ayer y hoy, tomaban forma. Unos se hallaban en puntos clave de su fuerte espalda, impidiendo una respiración completa, con lo que el resto de su cuerpo se veía afectado por la falta de oxígeno. Era lógico pues que mis pies y manos siempre estén tan fríos. Respiró a través de esos fantasmas, de todos ellos. Podía notar cómo se movían, cómo de un punto decidían pasar a otro más alto, más interno, cómo fuere. Y en cada punto, un recuerdo. Dolor, rabia, gritos, pasión, libertad, amor… iamor y libertad unidos! Algo tan bello que podía morir en ese momento. Sentir un “sí“ a a muerte. Se observaba en la cima del mundo, lleno de luz y amándolo todo, amándose a sí mismo. “No un amor pasteloso…” pensó. “iMalditos juicios!” volvió a pensar. Los asesinó.

Respeto. Ahora sabía qué era el respeto.

Su espalda estaba al fin erguida, notaba una fuerza indestructible en sí mismo. Todo el odio que hace pocos minutos le inundaba, se había convertido en algo abstracto. Seguía pensando en lo que le desagradaba, pero no le generaba tal desidia, tal rabia.

En ese momento se tumbó sobre el cálido suelo. Supo que la felicidad no se consigue con deseos. Los deseos siempre creaban expectativas. La felicidad se consigue respirando, observando la consciencia y abriendo el corazón.

saans

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